miércoles, 17 de noviembre de 2010

Apoteósico / Apoteótico

Óleo Apoteosis de Santiago el Mayor / Carracci
1. adj. Perteneciente o relativo a la apoteosis.
2. adj. deslumbrante. Tuvo una despedida apoteósica.

Apoteosis

(Del lat. apotheōsis, y este del gr. ἀποθέωσις, deificación).

1. f. Ensalzamiento de una persona con grandes honores o alabanzas.
2. f. Escena espectacular con que concluyen algunas funciones teatrales, normalmente de géneros ligeros.
3. f. Manifestación de gran entusiasmo en algún momento de una celebración o acto colectivo.
4. f. En el mundo clásico, concesión de la dignidad de dioses a los héroes.

Real Academia Española

La apoteosis se refiere a elevar a alguna persona a la divinidad, es decir, endiosar o deificar a alguna persona por alguna circunstancia excepcional. En el mundo antiguo esta circunstancia era, por lo general, considerada para los héroes.
Por extensión, se habla de apoteosis cuando se ensalza exageradamente a alguien con alabanzas y honores.

En el teatro la apoteosis corresponde a la culminación de alguna escena de manera espectacular.

2 comentarios:

Barros Matos dijo...

Este es el caso de todo lo contrario: nunca fue deslumbrante, pero llamaba la atención por escasos momentos. Y no tuvo una despedida apoteósica.

Siempre tuvo miedo de olvidar. No quería perder el recuerdo de nada. Se desesperaba cuando el título de una canción, o el nombre de un artista, no brotaba espontáneamente a su reclamo. Imaginaba un absurdo suicidio de la memoria, cuando debía detenerse unos segundos para recordar la ubicación de una calle o una casa. Para él, el olvido era una aberración inconcebible, casi un insulto a su personalidad, y se vanagloriaba de poseer una memoria perfecta.
Con los años, comprendió que le era imposible recordar absolutamente todo, y para ocultar sus olvidos, comenzó en secreto a llevar un ayuda memoria donde anotaba cumpleaños, aniversarios, nombres, títulos, direcciones, fechas, en fin, todo el acontecer de su vida, día a día.
Continuamente leía sus anotaciones, tratando de memorizarlas. Terminó archivándolas por rubros, dedicando un día fijo a cada uno.
Cuando en la casa no quedó espacio en pared alguna, donde poner un estante para sus biblioratos, decidió que había llegado a un límite, y que ya no podía seguir atesorando más recuerdos.
Retiró del banco sus ahorros, vendió el televisor, la radio, libros, cuadros y joyas, ordenó a un minimercado cercano los alimentos que periódicamente debían enviarle, y se recluyó para siempre, en medio de su absurdo archivo de fantasmas.
Pasó el resto de su vida como un ermitaño, dentro de su biblioteca de recuerdos, y murió cuando ya nadie recordaba su existencia, en el más atroz de los olvidos.
BARROS MATOS

Celestacha dijo...

Estimado Barros Matos, esta narración me dejó perpleja, tanto por su temática como por la forma en la que se presenta la narración. Es muy difícil el género de los cuentos cortos, o muy cortos / microcuentos, pero Ud. ha logrado una joyita.
Si me permite, quisiera publicarlo en Alma de diamante.
Un afectuoso saludo

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