lunes, 15 de noviembre de 2010

Andrajo

Ilustración de Carol Heyer
(Del ár. hisp. ḥaṭráč, necio, pelagatos, evolución del ár. clás. {ht} o {dr}, parlotear).

1. m. Prenda de vestir vieja, rota o sucia.
2. m. Pedazo o jirón de tela roto, viejo o sucio.
3. m. despect. Persona o cosa muy despreciable.

Real Academia Española

Algunos sinónimos son jirón, pingajo, pingo, argamandel, colgajo, harapo, trapajo, trapo, zarria, guiñapo, piltrafa, arambel.
Ver andrajoso.

A veces soy tan lejos, lejos de todo ésto.
A nada me acomodo, en nada me recuesto:
Las palmas, los coquíes son sonido, paisaje...
Yo siempre estoy ausente, yo siempre estoy de viaje.
En vano es que mi alma se incendie con afanes
y se prenda a los ojos potentes flamboyanes,
ni que por los caminos se me fugue el anhelo...
para topar de pronto la montaña y el cielo.
...Y el andrajo de pajas del pobre caserío,
y el andrajo de gente y el escuálido río,
y los pueblos cuadrados con la iglesia en el centro
y el cementerio junto: Estanques muertos dentro
del perenne bullir y saltar de las olas,
perenne ante mi alma impaciente y a solas.
Por doquiera que voy, por doquiera que vaya,
en el vaho soporoso de mestizo y quincalla...
La misma semimuerta vida del pueblo atado
por el mar implacable, de costado a costado...
...(Y el hombre de la esquina, ojitorvo y moreno,
que no mira a mis ojos y que mira a mi seno,
que masculla entre dientes una frase lasciva
cuando paso a su lado desdeñosa y altiva...)

¡Y a veces soy tan de ellos y ellos tan míos!
¡Las palmas, los coquíes, el monte, los bohíos...!
¡El escuálido río, que es como mis hazañas,
cintajo de rumores encerrado en montañas!
¡Y mi amor en tinieblas sollozando escondido,
como un triste y oculto coquí despavorido!
¡Y el mar, perenne mar, que me exalta y me abate,
que es como el corazón, en un late que late
perdido en el vacío, y oído, tan oído,
que ya no sé qué lleva ni sé lo que ha traído...!
...(Y el hombre de la esquina, ojitorvo y moreno...
¡Ah qué sienes viriles exaltará mi seno,
que no torne cenizas la llamarada esquiva
que enciendiera mi cuerpo su mirada lasciva...! 

Poema Angustia, de Clara Lair
Mercedes Negrón Muñoz, Colombia 1895/ 1973

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Voy a usar un sinónimo de andrajo, JIRÓN. Pero no referido a la ropa, también hay jirones de vida, que, como la ropa, se deshilacha cuando envejece si no se la cuida. Lo aprendí viviendo la alegría y la tristeza, el amor y el adiós, el encuentro con la soledad.
Un domingo pasé por lo de Vilchez para invitarlo a almorzar, la hija me dijo que se había ido de gira por 4 días con Morocho Ramos. Así que me fui andando lentamente, sin ningún plan, cuando al pasar frente a un teléfono público tuve un impulso y no me detuve a pensar. Llame a Amalia, (mi ex) para invitarla a almorzar, hacía más de un año que no la veía, nuestros encuentros fueron de paso, siempre casuales, nunca planeados. Se preocupó al oír mi voz “¿Te pasa algo? ¡Decime la verdad!” Su preocupación era sincera, nos separamos en muy buenas relaciones, amándonos aún, pero…dudó al escuchar mi invitación. ”¿Cuál es el motivo?” “Ninguno en especial, encontrarnos como dice el tango, como dos viejos amigos que hace rato no se ven”. Intuí su sonrisa cuando aceptó. Y pasamos dos largas horas recordando todo lo bueno que dejamos atrás (el olvido sólo se llevó la mitad, escribió Serrat) y nos despedimos contentos de haber estado juntos, prometiéndonos repetir la experiencia. Volví a mi domicilio caminando lentamente las veredas vacías de la siesta dominguera, con su hermosa sonrisa en mi memoria.
BARROS MATOS
CONTINÚA

Anónimo dijo...

La soledad no es mala compañera, cuando uno sabe acompañarse a si mismo. No quiere decir que sea recomendable, pero cuando está al lado de uno, es mejor ser su amigo. Pelear con ella no resuelve nada, lo que hay que tratar es de que nos abandone de a poco y no se convierta en jirones de angustia, eso se puede lograr, lo sé por experiencia. Y ahora está conmigo cuando la necesito. Guardo los recuerdos diferenciados, los buenos, los regulares, los malos, los elijo y traigo a mi mente cuando, en soledad, quiero reverdecerlos. A la noche subí a la terraza a fumar un cigarrillo y estar solo con mis pensamientos, antes de ir a dormir. Una brisa movía unas sábanas colgadas en la terraza de al lado, simulaba un velero navegando el mar de la noche, siguiendo a las estrellas. En la de enfrente, un perro turnaba su mirada al cielo y a mí, un ratito a cada uno. Quizá quería ver quién ladraba primero. Recordé mi corto y feliz matrimonio, el hastío que llegó de a poco, jirones de desencuentros entre pasajes de amor y tristeza, esa separación aún amándonos, para evitar que el resquemor llegara a nuestras vidas convirtiéndonos en extraños…este encuentro que no repetiremos, pues sería volver sobre los recuerdos que hoy rememoramos, serán horas aburridas, y arruinaremos este momento feliz. Me levanté para dejar la terraza. El perro hacía rato que me ignoraba.
BARROS MATOS

Funes dijo...

El estaba sentadito allí, en el extraño escalón de la vereda, cerca, casi pegado al cordón. El escalón era alto y entonces sus piernas colgaban y se balanceaban. Yo estaba esperando me entreguen en auto en el taller y lo vi. Su ropa era muy vieja, muy gastada, pero digna. Será por eso quizá que me llamaron la atención sus zapatos, tan rotos, destruidos. “Un par de andrajos” pensé enseguida. Era un niño y se llamaba Jesús. Y Era el año 2002, justo para la época en que había decidido dejar de escribir “para siempre” y olvidar a Funes “en el cajón del cofre sin recuerdos” como había escrito en su poema “soledades” una tía mía, hermana de mi viejo.
Hablé entonces con Jesús hasta que me avisaron que estaba mi coche pronto. Lo saqué del taller y Jesús seguía allí. Me saludó sonriendo. No me pidió una moneda… nada…
Detuve el auto y atravesado por las emociones me puse a escribir desenfrenadamente como lo hacía “ese tal Funes” que había resuelto dejar de escribir “para siempre”.
“Jesús de cuarto grado” es lo último que escribí. Al poco tiempo ya había destruido casi todos mis escritos. Cientos (¿miles?) de brevedades, poemas, relatos.
Pasó el tiempo. Resolví un día ir a buscar a Jesús a la escuela a la que me dijo que concurría. La secretaria me informó que había pedido el pase a una escuela del interior. Salí con la imagen de los andrajosos zapatos de Jesús, que me golpeaban en el recuerdo, en el alma y en el corazón... .
Pasaron mas de siete años.
Hace ya unos meses por motivos que no vienen al caso, volví a escribir. Y viajé a acompañar a mi hijo Pancho a un torneo de básquet a una ciudad del interior. En el equipo de esa ciudad jugaba Santiago Jesús Melgarejo, 17 años, alto, fuerte. Bastó verlo para saber quién era. La misma carita con los dientes blancos, relucientes. Me le acerqué antes que comience el partido. Le pregunté si había vivido en mi ciudad, y había concurrido a la escuela Magnasco. Me dijo que sí que “como sabía usted eso”. Le pregunté por la escuela actual, y me dijo que estaba terminando el secundario. “pero cómo sabe eso?” insistió. “Conoce a mi mamá?”. Solo le contesté: “andá, ahí empieza tu partido y tenés que jugar”.
Termina el partido. Los jugadores de los equipos se entremezclan y se saludan.
De pronto observo que Pancho abraza a Santiago.
También es mágico el mundo

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