jueves, 3 de febrero de 2011

Maraña

Ilustración de Igor Oleynikov
(De or. inc.).

1. f. Lugar riscoso o cubierto de maleza que lo hace impracticable.
2. f. Conjunto de hebras bastas, enredadas y de grueso desigual, en la parte exterior de los capullos de seda, que se apartan al hacer el hilado, y se emplean en tejidos de inferior calidad.
3. f. Tejido hecho con esta maraña.
4. f. coscoja (‖ árbol).
5. f. Enredo de los hilos o del cabello.
6. f. Embuste inventado para enredar o descomponer un negocio.
7. f. Situación o asunto intrincado o de difícil salida.

Real Academia Española

No habrá nunca una puerta. Estás adentro
Y el alcázar abarca el universo
Y no tiene ni anverso ni reverso
Ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
Que tercamente se bifurca en otro,
Tendrá fin. Es de hierro tu destino
Como tu juez. No aguardes la embestida
Del toro que es un hombre y cuya extraña
Forma plural da horror a la maraña
De interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
En el negro crepúsculo la fiera.

Laberinto. Jorge Luis Borges.

2 comentarios:

Funes dijo...

MARAÑA
Yo pensaba que la espalda, era eso, la espalda. ¿Entienden? ¿No?. Todos los seres humanos tenemos una espalda. Y allí nuestra columna vertebral, las costillas, los omóplatos, hombros, articulaciones, los músculos se entremezclan y conforman la espalda. Más anchas, más enjutas. Lampiñas. Velludas. Sugerentes. Todas, todas, personales.
Pero los humanos en nuestra rareza, no le prestamos casi atención a las espaldas. Salvo en casos muy particulares. Una mujer, con un vestido rojo, camina por el salón exhibiendo su espalda no cubierta por el generoso escote trasero de su vestido. Allí, si. Miramos la espalda de ella como presagiando un mar de belleza en cuanto decida darse vuelta y, lamentablemente, ni siquiera mirarnos. Y quizá a las mujeres le pase lo mismo con aquel tipo que marchando por la calle, las sobrepasa portando una espalda prominente.
Pero son los menos estos casos. Las espaldas de las personas no son como el rostro, o las manos, o los labios. Y ni que hablar de los pechos de esa mujer que sabe que están allí para que los demás los admiren.
No compite la espalda con las piernas torneadas de la mujer del vestido rojo. En absoluto.
La espalda gana en superficie y pierde en el aprecio de los terceros. Y también digamos que nosotros mismos ni siquiera le prestamos atención a nuestras espaldas. Las ignoramos. Nos preocupamos por la delantera. (Y por la trasera, las mujeres pero no por la espalda precisamente, sino por donde ésta termina y comienza lo que ellas saben, es la carta de triunfo).
La espalda sería entonces algo así como la planta de los pies. O el codo. Digamos que en el conjunto, es casi la nada. Aunque ocupe mucho espacio.
Pero cuidado. Por ahí pasa su factura la espalda ignorada. Y entonces vuelvo al principio: Yo pensaba que la espalda mía era eso, la espalda y nada más. Pero después de tres inyecciones intramusculares para hacer ceder el terrible dolor de mi omóplato derecho y del hombro, dolor que se irradiaba hasta la articulación y de allí al codo y del codo a la mano, fui a la kinesióloga, que les aseguro: cuando se canse de trabajar de kinesióloga podrá ser torturadora. Y en medio de la sesión de suplicios y pseudo masajes, la facultativa me dijo “Che, Funes, qué pedazo de contractura que tenés! Eso no es una espalda, es una maraña”.
En fin
Funes

Outsider dijo...

Me ha sorprendido el arca y ese interés por rescatar palabras que desconocía necesitasen rescate alguno.

Mi enmarañada mente me trajo hasta aquí sin necesidad de haber bebido el macerado de endrinas, tan popularmente conocido como pacharán.

Aún así, me encontré palabras desconocidas más que olvidadas que no sabría utilizar. Amor pacato... un adjetivo que le da tres significados tan distintos: pacífico, insignificante o mojigato.

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