domingo, 13 de marzo de 2011

Caramba

Retrato de La Caramba
(Eufem. por carajo).
1. interj. Denota extrañeza o enfado.

caramba 2.
(Por alus. a la Caramba, sobrenombre de María Antonia Fernández, tonadillera española del siglo XVIII).

1. f. Moña que llevaban las mujeres sobre la cofia, a fines del siglo XVIII.

caramba 3.
(Quizá de carángano, infl. por caramba1).
1. f. Hond. quijongo.
2. f. pl. u. c. sing. m. C. Rica. Joven, hombre, muchacho. Ese carambas sabe tocar la guitarra muy bien.

Real Academia Española

Caramba en su uso más habitual es una interjección equivalente a "recórcholis" ,"cielo santo" o "caray". La interjección es un tipo de enunciado en una lengua natural que expresa alguna impresión súbita, exclamativa o un sentimiento profundo, como asombro, sorpresa, dolor, molestia, amor, etc. Lo que resulta bastante incierto es su raíz etimológica. En principio pareciera ser un eufemismo de la palabra "carajo". Se denomina eufemismo al término que se usa en lugar de otro que resulta duro o malsonante. Pero al rastrear información sobre el orígen de la palabra "carajo", sus raíces se hunden en los anales de la historia .Quizá árabe, lo cierto es que hay decenas de páginas escritas sobre el posible origen de esta palabra.

A cambio de ello, busqué la historia de María Antonia Vallejo Fernandez, fascinante por cierto y la que querría compartir con ustedes. Y es que, a veces, los caminos de la celebridad, como los de la Providencia, son también inescrutables…Seguir leyendo

Según los datos que constan en el archivo parroquial de Motril (granada), el día 9 de Marzo de 1750 nace en esta población María Antonia Vallejo Fernández, ”La Caramba”, hija de Bernardo Vallejo, natural de Granada y de María Fernández, natural de Motril.
No existen datos sobre sus primeros años, pero sí se conoce, según el historiador Bravo Morata, que de ella nos ha dejado una acertada semblanza, que muy joven marchó a Cádiz, centro de artistas de la época, con alguna compañía de músicos, o cómicos ambulantes.

Mujer alta, esbelta, morena, y más que bonita, graciosa, con gran personalidad sobre toda otra condición, su vida está cargada de leyendas.
La Caramba dio mucho que hablar en el Madrid de Carlos III, ciudad a la que llegó sobre 1776, y en la que de inmediato comenzó a trabajar como tonadillera, dado que en aquella época, la comedia comenzaba a resurgir con fuerza después de yacer largo tiempo suprimida. La acogida que tuvo por parte del público fue espectacular.

De la noche a la mañana la Caramba fue una copla, una bandera, la novia de la Corte. Su cálida voz, sus arranques de hembra andaluza, sus “jondos” y bien sentidos jipíos flamencos levantaron un impresionante oleaje de entusiasmo y su popularidad creció vertiginosamente.
Sus extravagantes atuendos a la última moda, la gracia y donaire con que los lucia, le granjearon muy pronto la admiración de las mujeres. El traje de maja era muy vistoso y parecía creado para mujeres “de banderas”, como María Antonia.
Muchos fueron los hombres que perdieron la cabeza por ella. Hubo duelos, bofetadas, celos, odios, rencillas e intrigas, en torno a la tonadillera “La Caramba”.

Cualquier adorno que se ponía en el pelo o en el vestido era inmediatamente copiado por las damas de la Corte. Un lazo que sacó varias veces a escena pasó pronto a ser adorno de rigor en los paseos de Madrid. El lazo se llamaba Caramba, y la palabra se hizo popular en poco tiempo.
El diccionario dice: “la caramba era una moña o lazo que llevaban las mujeres sobre la cofia a final del siglo XVIII”. Ella lo sacó al escenario en 1778 y la moda duró casi hasta la guerra de la independencia.

En 1778 y 1779 es la figura artística más afamada del mundo del espectáculo, pero en 1780, María Antonia decide retirarse del teatro. Andaba en amores con un pretendiente (Agustín Sauminque), de origen francés y perteneciente a una familia acomodada, que nada tenía que ver con el mundo artístico, un hombre joven, tímido e intelectual, que a base de su constante presencia en las actuaciones de la tonadillera, consiguió llamar su atención y enamorarla y comprometerse en matrimonio.
Por supuesto la familia del joven se opuso rotundamente a esa relación. La fama que María Antonia tenía como tonadillera de los teatros de la corte, repleta de toda clase de aventuras, fue la causa de que la rechazaran, por lo que la pareja optó por casarse en secreto, llegando incluso a falsificar los documentos que se les exigían para el enlace.
La celebración del matrimonio tuvo lugar en Madrid, el día 10 de Marzo de 1780, en la parroquia de los cómicos.
Lamentablemente el matrimonio duró solamente un mes. El motivo de la separación es otra incógnita en la vida de “La Caramba”. Unos opinan que el causante de la ruptura fue él, otros dicen que ella, pues su carácter libertino la alejaban de la sumisión y austeridad de la esposa tradicional, haciendo que el matrimonio fuera para ella una condena.

Así, La Caramba volvió a aparecer en los escenarios, más bella y voluptuosa que nunca, siendo considerada en 1785, cuando contaba treinta y cuatro años, la reina de la tonadilla que gozaba del favor del público. Su prestigio, gracia y pasión que mostraba en sus actuaciones la seguían manteniendo en un alto pedestal, tanto en Madrid como en la Corte.

Se cuenta que ese mismo año de 1785, cuando daba su paseo habitual por el Prado como cada tarde, estalló una tormenta terrible y la tonadillera entró a guarecerse en el convento de capuchinos de San francisco del Prado, en el momento en el que los feligreses se preparaban para la Semana Santa.
La entrada de La Caramba en el convento levantó murmuraciones entre los devotos y las beatas que allí se encontraban, considerando un escándalo que una mujer de “su clase” tuviera la osadía de entrar en aquél santo lugar.
María Antonia permaneció en el convento mientras el religioso pronunciaba su sermón, y observaba con atención un cuadro de Lucas Jordán que representaba a la Magdalena. La visión de la Magdalena causó en ella tal impresión que se arrepintió de sus veleidades y juró regenerarse, juramento que llegó a cumplir, anunciando al llegar a su casa, a su madre con la que convivía, que nunca más volvería a los teatros.

Jamás regresó a los escenarios, ni acudió a las corridas de toros ni a los paseos por el Prado. María Antonia se convirtió en una beata, pasando a ser conocida como “la beata María Antonia”.
Se desprende de todos sus lujos y comodidades y cambia sus provocativos vestidos por un sayo basto y negro, viviendo en la más increíble miseria, y pasando los días entrando y saliendo de las iglesias.
Metida cada vez más de lleno en esta nueva vida, comienza a odiar su propia carne. Su rostro cambia bruscamente debido los frecuentes sacrificios y mortificaciones, y se hace irreconocible, debilitando su cuerpo hasta tal punto que enferma gravemente.
Presintiendo su cercano final, en 1878 hace testamento, declarando su matrimonio con Agustín Saumique y nombrando como albacea y testamentaria a su madre.

La historia de La Caramba ha prevalecido durante generaciones, siendo recordada en tonadillas, romances y canciones, llevada al teatro y al cine, hasta convertirla en leyenda.

3 comentarios:

indigo dijo...

Quién remara mi alma,
como un chilote
y una damajuana, caramba,
dentro de un bote.
Quién bailara niña,
la pericona
pa'hacer de un chilote,
caramba, su regalona.
...
(Arranca, Arranca. Violeta Parra)

Saluditos

Anónimo dijo...

te falta la palabra
cucufato

Celestacha dijo...

Hola ! no veo que exista "cucufato" en el diccionario de la Real Academia Española...será alguna de nuestras creaciones del lenguaje??

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